jueves, 10 de julio de 2014

Delirio #27: La lluvia y la rosa

Un tallo verde mecido por el viento. Mil espinas de raíz a flor. Doce pétalos por corona y rojos, rojos como sangre, como alas de mariposa, como pasión fugaz de Primavera.

La rosa.

Lluvia frágil acaricia su frágil tocado. No como Viento, fuerte, ruidoso, desordenado. No como Sol despiadado con sus rayos, traspasa su piel y la quema, la agota, la consume. No como Nieve fría ni frío Granizo, duros y ajenos la perturban.

La lluvia es para la rosa: en sus pétalos se mece, derramándose en su tallo, recorriendo, dulce, cada espina, hendidura, imperfección... La lluvia, frágil, cae sobre la rosa; y la rosa de ella bebe...

Y ahora yo, mi amor, mi flor, mi rosa, me pregunto: ¿Qué es la lluvia tras caer sobre la rosa?

martes, 20 de mayo de 2014

Delirio #28: Un sentimiento que cae, un lobo que llora y una mirada ardiente como el fuego.

Una mirada penetrante, más que un rayo.
Dos ojos de fuego que atraviesan mis pupilas
y todo lo convierten en polvo a su paso.
Me estremezco y cae.
Cae a un pozo sin fondo, hacia un abismo negro.
Al final: la muerte.
Un charco de lágrimas, de sangre que parece desvanecerse con el tiempo
pero que no duda en volver.

Y vuelve.

Una tormenta en la noche, nubes grises en el cielo.
Relámpagos, oscuridad.
El frío hiela, corta.
Un lobo aúlla en la noche.
Su aullido es música, hermosa armonía.
Es días de luz y noches de descanso.

Sin temor.

Claras lágrimas recorren sus mejillas.
Sueña con volver algún día.
Volver y correr por el prado verde, por las altas colinas.
Sueña con días de primavera,
rayos de sol y el cielo azul,
flores que bailan y tardes cálidas.
Pero los sueños se han ido
y no vuelven.

No volverán.

Un rastro de locura, ligera percepción.
Un sentimiento que no se expresa y que desea,
pero no es capaz,
se hunde hacia lo más profundo del mar
y es olvidado.
Dice nunca a la belleza,
jamás a la hermosura.
Corre, vuela, clama al cielo pero no encuentra un respiro
en esta noche eterna,
noche que agoniza en un radiante amanecer,
mas el sol teme a la noche
y no muere.

Nunca muere.

* * *

Dulce respiro.
Pequeña obsesión lejana.

Amargo placer.

Puro espíritu perpetuo que me llama e inquieta, hace de un rostro caído y marchito, bella flor.

Y sentido un sentimiento, llorando un lobo y perdiéndose una mirada en lo infinito, todos se olvidan de ellos.

Lo que es
ya no será.

Nunca fue.

Y el dolor permanece, bajo la piel, envuelto en llamas.
Y arde.

Y no tiene fin.

* * *

Noche.
Oscuridad.
Una luz, faro en un inmenso mar.
Breve relámpago que todo lo atraviesa y todo lo hace arder.
Cadenas de acero, cadenas sin romper.

Frío, solo frío.
Aunque el fuego vibre, frío.

Y aunque haya luz, aunque exista el calor, el frío y el relámpago me llaman.

Aunque no haya salida, aunque no exista el futuro, me llaman con su dulce melodía consumada en perdición.

* * *

Siete palabras dedicadas.

Diez cartas de amor, todas falsas.

Un falso sentimiento y trece lágrimas.

miércoles, 14 de mayo de 2014

La forma de querer tú. (Pedro Salinas)

Últimamente no tengo tiempo de escribir en este blog aparte de que, en cuanto tengo algún rato libre, la inspiración huye de mí. De ahí el abandono y el no subir entradas, pero bueno, volveré algún día, supongo.

Mientras tanto, os dejo con un poema de mi buen amigo Pedro Salinas:

La forma de querer tú

La forma de querer tú
Es dejarme que te quiera.
El sí con que te me rindes
Es el silencio. Tus besos
Son ofrecerme los labios
Para que los bese yo.
Jamás palabras, abrazos,
Me dirán que tú existías,
Que me quisiste: jamás.
Me lo dicen hojas blancas,
Mapas, augurios, teléfonos;
Tú, no.
Y estoy abrazado a ti
Sin preguntarte, de miedo
A que no sea verdad
Que tú vives y me quieres.
Y estoy abrazado a ti
Sin mirar y sin tocarte.
No vaya a ser que descubra
Con preguntas, con caricias,
Esa soledad inmensa
De quererte sólo yo.

jueves, 24 de abril de 2014

Relato tercero: de amor y despedida.

De amor y despedida.
La oscuridad de una noche sin luna se cernía sobre la ciudad. La princesa Lyanne podía ver, desde los muros del castillo, la tenue luz anaranjada de las llamas que se esparcían por la ciudad. Oía gritos lejanos de los soldados que combatían en los muros y más cerca a los campesinos que luchaban contra el fuego.
Lloraba. Lloraba por su reino, que le era arrebatado. Lloraba por su pueblo, que sufría; lloraba por su hermano, quien cayó en batalla y lloraba por su padre, el rey, que encontró la muerte esa misma noche traicionado por sus amigos.
Su aya llegó entonces.
- Será mejor que volváis a vuestros aposentos, mi señora. - le dijo cogiéndola del brazo - Por vuestra protección.
Ella no contestó. Se dirigió sola y en silencio a sus habitaciones. Allí se sentó en la cama, llorando. Sabía lo que le esperaba tras la batalla, lo que traería la derrota de su ejército. Y ella no podía hacer nada por impedirlo.
«Ephraim.» Pensaba en su hermano y en lo segura que se sentía cuando estaba junto a él. De sus ojos no cesaban de brotar lágrimas. El miedo se apoderaba de ella por momentos y recordó a su madre, muerta hace años. ¡Qué no daría ahora por un abrazo suyo! Su llanto cobró más fuerza. Estaba sola, abandonada. Cerró los ojos y, en un vano intento de olvidar, se abandonó al sueño.
- Princesa. – oyó decir tras ella, despertándola. Era una voz áspera y grave... y conocida.
Se levantó y se dio la vuelta. Sentado en el marco de la ventana estaba, apenas iluminado por las velas, Sandor: su enemigo y su amado.
- ¿Qué hacéis aquí? – preguntó Lyanne, sorprendida y asustada.
No contestó. Ella se giró de nuevo, dándole la espalda. Rápidamente, se secó las lágrimas.
- Deberíais estar combatiendo por vuestro pueblo. – dijo en un medio susurro cargado de rabia - Deberíais estar saqueando mi ciudad, matando a mi gente. ¿Por qué no estáis allí? ¿Por qué venís a mí en una noche como ésta? Tus tropas asolan mi reino y hacen sufrir a mi pueblo. ¿Qué os trae a mi en estos momentos de oscuridad? – No pudo evitar derramar dos lágrimas que recorrieron sus mejillas y cayeron al suelo.
Él no respondió en seguida. Se volvió hacia la ventana y se apoyó en el alféizar, contemplando la desoladora escena que ocurría a sus pies.
- He venido por ti, Lyanne. – se limitó a responder.
Ella se dio la vuelta y le miró. Se había acercado a ella y la luz de las velas le iluminaba con mayor claridad, por lo que pudo ver su aspecto: su pelo negro, largo y lacio caía de lado, tapándole la mitad quemada y deforme de su cara. La otra mitad estaba manchada de restos de sangre y suciedad. Un gran ojo negro como un pozo de brea le miraba fijamente. Vestía ropas de cuero y pieles, cota de malla y espada. Una larga capa blanca caía de sus hombros al suelo.
Estaba ensangrentado y embarrado por todas partes. Parecía cansado; cansado y aturdido. Había melancolía y dolor en su mirada perdida. Lyanne pudo ver en el suelo una bota de vino vacía y comprendió que había bebido.
- Dime que no te has olvidado de mí – dijo Sandor en un susurro amargo mientras se acercaba a ella lentamente.
Ella guardó silencio. No podía pensar en aquellos momentos, no podía hablarle y contarle todo lo que sentía. Y, sobretodo, no podía apartar la vista  de la negrura de aquel ojo que la miraba fijamente y que la hacía temblar.
- ¡Dime que no te has olvidado de mí!– repitió, alzando la voz. Lyanne percibió notas de angustia en su voz.
- ¡Dilo! - gritó. Se abalanzó hacia ella y la empujó con violencia, haciéndola caer sobre la cama y a él encima de ella.
Lyanne pudo notar el delgado filo de un puñal contra su cuello y el frío que manaba del acero. Sintió miedo, pero Sandor retiró enseguida el puñal de su garganta. Alzó la mano y acarició suavemente su rosada mejilla. Tenía un tacto áspero aunque dulce. La miraba fijamente: dos pozos negros resaltaban en la oscuridad y se clavaban en el débil verdor de los suyos.
- Lyanne... - susurró, bajando la mirada.
De su mejilla fue a su pelo. Entrelazó los dedos en sus sedosos rizos castaños. Acarició también sus labios, finos, como una pincelada escarlata en su hermoso rostro de porcelana. Acarició su cuello, su pecho y su vientre, sintiendo la perfección en cada caricia. Ella alzó el brazo y acarició su mejilla. Notó la humedad de la sangre, y una humedad de algo que no era sangre. Entonces él acercó su rostro, tanto que ella pudo sentir el calor que desprendía y, cuando ella esperaba que pasara algo, él se detuvo, se levantó de la cama y se retiró.
- Me voy – dijo él, con voz grave, pastosa, mientras se dirigía a la ventana de nuevo.
- ¿A dónde? - preguntó Lyanne con la voz entrecortada - ¿Al Norte?
- No lo sé – respondió él, con un gruñido – Al Norte, al Sur, ¿qué más da? He huido de la guerra, he abandonado a mis hombres. Soy un desertor, menos que un hombre... Menos que el campesino más pobre del reino, ¿qué me queda aquí? - rió amargamente – Sólo quiero escapar de todo esto.
Ella guardó silencio. Él miró al cielo a través de la ventana y contempló las estrellas.
- Ven conmigo- dijo. - Yo cuidaría de ti para que no te pasara nada. Nadie te haría daño, o lo mataría. - añadió con violencia - Eres lo único que me queda, Lyanne.
- Sandor... - comenzó, pero no pudo seguir hablando. Su corazón ansiaba irse con él, huir a ninguna parte, solos, ellos dos, no le haría falta nada más... Pero sabía que no podía hacerlo. No podía abandonar a su pueblo, debía aceptar su destino, fuese el que fuese.
Se acercó a él mientras se quitaba el colgante del cuello. Una vez junto a él, se lo puso. Sandor notó el frío de la plata contra su cuello. En silencio, Lyanne le apartó el pelo de la cara y acarició su mejilla deforme y quemada. Recorrió con sus dedos cada cicatriz, cada hendidura, cada grieta. Acarició sus labios, grandes, resecos y sedientos. Dos lágrimas cayeron por sus mejillas. Sandor alzó la mano y las recogió con sus dedos.
Ella acercó su rostro lentamente y le besó. Fue un beso dulce, tierno, apasionado. Él bebía de ella y ella bebía de él. Sus almas danzaban en el amor y se acunaban en la dulzura; una dulzura que, no muy lejos, se tornaba amarga.
Lyanne se deshizo en lágrimas. Sandor la rodeó con sus fuertes brazos y la apretó para sí. Pasados unos segundos, la cogió en brazos y la dejó en la cama con delicadeza. Lyanne temblaba y sollozaba y lo buscó con la mano, pero no encontró nada, sólo vacío y oscuridad. Oyó el sonido de la tela al rasgarse y después, unas pisadas que se alejaban.
Cuando alzó la vista, al cabo de un rato, estaba sola. Se levantó y vio una capa blanca sobre la cama. Un viento gélido entraba por la ventana, un viento helado que anunciaba el invierno. Cogió la capa del suelo, se arropó con ella y cerró los ojos.


                                                             *    *    *




De Martivs Menethil. Basado en Canción de Hielo y Fuego 2: Choque de Reyes, Cap 64. George R.R. Martin.